martes, 23 de diciembre de 2025

Próxima parada: estación Delicias

Y ahora sopla el viento, cuando el mar, quedó lejos hace tiempo

Dicen que Manolo García compuso estos versos del tema Pájaros de Barro al salir de la estación Delicias, en una de sus visitas a Zaragoza. Y es que, ¿quién no ha sido el famosillo que no ha escrito algo acerca de su experiencia en su paso por la estación?

Que sí, que hace frío en invierno, ya lo sabemos, pero joder, tampoco es para tanto. 

El pionero fue el gran Leo Harlem. Mucha gente piensa que es maño, por lo bien que nos retrata, por su nobleza y por lo majo que es. Leo decía que en la Estación Delicias se fábrica el frío y se exporta y que le pusieron ese nombre para despistar.

Nosotros, los taxistas, tenemos una relación amor-odio con la estación. Yo apenas voy, pero hay compañeros que prácticamente solo se alquilan ahí. 

Obviamente, es el principal caladero de clientes que hay en Zaragoza. 

Desde hace un tiempo nos cobran hasta por usar el baño. Imagino que la medida irá destinada a disuadir a las personas que hacen un mal uso, pero a los compañeros prostáticos les han hecho una faena. Entiendo que la medida habrá hecho que el servicio del taxi se resienta. Por otra parte, esas paradas son el epicentro de los mentideros de taxistas. Donde se producen los más intensos debates de la actualidad del gremio.

Para nosotros Leo, peor que el frío, es ponerse a esperar clientes al sol. 

En verano a partir de las 11 de la mañana se derriten las farolas, y sí, hay aire acondicionado, pero más de 10 minutos al sol no los aplaca. 

Recuerdo que cuando la estrenaron, un cliente oriental que iba con prisa y no sabía que estaba en funcionamiento, viendo que llevaban una ruta distinta a la que era a la antigua estación, golpeó a un compañero, haciéndole perder un ojo. Por favor, confiar en los taxistas, igual que Leo, somos gente noble. 

Termino por Manolo García, dedicado a los viajeros, en los mapas me pierdo, en las carreteras duermo. 



domingo, 14 de diciembre de 2025

Palabras para Julia



La nuestra debería ser considerada como una profesión de riesgo. Concretamente de riesgo de encontrarte con situaciones surrealistas, esdrújulas, variopintas. 

Si hay un momento propicio para encontrarte con estás situaciones, más incluso que la noche del sábado, es la mañana del domingo. 

Noviembre, 11 de la mañana, el invierno avisa que llegará pronto en una mañana fresca y húmeda. Me entra un servicio para recoger en la calle Bolonia. Necesitan dos taxis. Estaba algo apartado. Al llegar veo que un taxi y un coche particular arrancan de la puerta donde había que recoger, así que paro en la misma puerta. Tardo unos minutos en analizar lo que estaba pasando. En el patio había cuatro o cinco agentes de la policía local, uno de ellos en la puerta impidiendo la salida. El patio era pequeño, como de tres por tres y ahí se acumulaban unas 15 personas.

A dos metros del portal,  unos señores con cara de entre concentración y preocupación. Al otro lado de la calle, en la acera, 3 o 4 latinos con poca ropa y cara descolocada, hablando con el resto de la cuadrilla que estaban siendo cacheados o identificados por la policía en el patio. 

"Tú no puedes salir porque te hemos pillado con sustancias ilegales", le comentaba uno de los agentes a una chica. 

Yo, lo único que quería era recoger a mis clientes y marcharme, pero ninguno de los que estaban en la escena se me había presentado como cliente y el otro taxi ya había salido. 

Decidí usar el botón de contactar con el cliente y enseguida, de entre la marabunta, sale Alejandro, con lo que parecía una especie de mesa camilla portátil. 

Alejandro parecía el más sereno y espabilado de todos, - espera que falta alguno y nos vamos-, me dice.

Vale, por fin tenía identificados a los clientes, por un lado me tranquilizaba y por otro todo lo contrario. 

Empecé a entender la situación. Los jóvenes, colombianos de entre 25 y 30 años habían hecho una fiesta/bacanal durante toda la noche. Sexo, drogas y reguetón. Los vecinos, por más intentos de que bajaran el volumen durante toda la noche con repetidos picazos al portal, llamaron a la policía, y ésta se presentó con los funcionarios de Justicia, (las personas con semblante serio que estaban en la acera, junto a los vecinos denunciantes),  para poder acceder a la vivienda con la orden judicial y poder detener la fiesta.

Es éstas que se acercan dos personas de frente por la acera. Uno era el compañero taxista que no había recogido. Se había apartado para no impedir el paso. El otro era Emilio Larraz, hacía unas semanas había entrenado al Real Zaragoza, en ese momento se iba a entrenar al Deportivo Aragón. 

En 25 años que llevo en Zaragoza es la primera vez que veo a un entrenador del Zaragoza por la calle, vale que estemos en horas bajas, pero pasó totalmente desapercibido para el resto de la gente. Lo cual le añadía más surrealismo a la historia. Al compañero taxista le advertí que se tenía que llevar a las señoritas.

Se quedó perplejo, balbuceante, no sé si al final cargaría. Yo me fui con los chavales. Me tomaron como confidente de todas sus fechorías, controlaban una página de citas de Zaragoza entre otras cosas. Me pidieron que pusiera reguetón para seguir la fiesta. Para éstas ocasiones tengo preparada una lista de reproducción que empieza con "Palabras para Julia" de Los Suaves, poesía de barrio con potentes guitarras, ideal para despejar la cabeza de tonterías, recomiendo escuchar a todo volumen. Se me hace muy difícil respetar al que no se respeta ni a sí mismo, ni a los demás.