lunes, 6 de abril de 2026

De mayor quiero ser taxista



Me encanta descubrir las reacciones de los niños cuando comentan que es su primer viaje en taxi. 

Tratan de asomar su cabeza sobre el habitáculo delantero, intentando descifrar para qué sirve cada pantalla, cada aparato, cada botón. Yo la verdad que no llevo gran cosa, pero hay compañeros que igual llevan cuatro pantallas, aparte de las del coche, más sus soportes, sus cables, el taximetro y otros cacharros. Vamos, una nave espacial, el parque de atracciones para un niño que sueña ser piloto de algo.  Todo eso más un volante es todo lo que necesitan para hacer volar su imaginación. 

A todo eso, le añadimos la cajita de monedas para dar los cambios. Una vez, un niño me comentó que de mayor quería ser taxista para tener una de esas.

A mí me ha traído hasta aquí el destino, supongo. Mi padre era taxista de pueblo, pero no tenía ningún cacharrito en el salpicadero, ni siquiera cajita con monedas. Manejaba un SEAT 131 motor perkins que se oía desde casa antes de que entrara al pueblo. 

El 131 era el modelo más usado por los taxistas a principios de los 80 debido a su amplitud, su robustez y su fiabilidad y, como no, a su precio. Se lo quitó por aburrimiento, porque nunca tuvo una avería importante.

Recuerdo perfectamente cuál fue mi primer viaje en taxi. Tendría unos 6 años, ocupaba la parte de atrás, viajaba sin cinturón y sin sillita homologada para mí altura y mi peso. El cliente era el señor Alejandro Tanco, un "pardinero" que vivía en una casa con granja en mitad del campo. Aquí se llamaban pardinas, en otros sitios se conocen como torres o como masías. El caso es que estaba a unos 6 km del pueblo, pero a mí me parecía todo un viaje. 

Alejandro, hablaba despacio y con una entonación particular. Bajaba al pueblo a hacer la compra para una temporada y se volvía a la pardina en taxi. Mi padre le contaba algún chascarrillo y entre broma y broma, una curva a la izquierda para coger una cuesta empinada de un camino empedrado antes de llegar a Vellaco, habíamos llegado al destino. 

En ese momento no lo sabía, pero igual que al niño con la cajita de los cambios, a mí, por dentro ya se me había encendido una luz de lo que quería ser de mayor: ¡taxista!

sábado, 14 de marzo de 2026

Algunos taxistas buenos

Me llamaron el día de antes desde la emisora para hacer  un servicio de largo recorrido: ir a recoger a un cliente al aeropuerto de Barajas

Había rechazado varios servicios de carretera en los días anteriores por no estar seguro de poder realizarlos con la carga de batería del coche, pero en este servicio me podía organizar bien. Era recoger en Madrid a las 11:10. Este tipo de servicios los asignan por lista al último clasificado, de manera que se asciende en la lista a razón del número de kilómetros recorridos por el servicio.

Me planifiqué minuciosamente el timing para llegar a tiempo a recoger con el máximo de carga en la batería. Llevaba casi una hora de margen en previsión que pudiera surgir algún imprevisto. En invierno, en las provincias de Soria y Guadalajara, por la mañana hace mucho frío, y eso la batería lo resiente. 

Hice una carga de hasta el 80% a la altura de Sigüenza. A partir de ahí bajó mucho la media de consumo (tráfico, temperatura...) Tenía previsto hacer otra carga en las inmediaciones del aeropuerto para dejar la batería a tope y tener que parar el menor tiempo posible de vuelta con el cliente. Después de una búsqueda fracasada haciendo caso de las indicaciones de cargadores que hace el coche y las app del móvil, un golpe de suerte me presentó una gasolinera de Repsol con un cargador libre a 200 metros de la T2, lugar donde tenía que recoger al cliente. Mi plan, en ese momento, había salido perfecto. 

Pregunté a unos taxistas de Madrid que estaban tomando café en la gasolinera por dónde dejar el coche para ir a buscar al cliente al hall de la T2. Las indicaciones fueron claras y precisas y ellos super amables. Olé por los taxistas buenos de Madrid. Estaba con el cartelito esperando en tiempo y forma. 

Tenía que recoger a un ejecutivo turco-alemán de la empresa Man-filter. Esperaba a un señor mayor, trajeado, corbata o algún tipo de pañuelo o turbante... Me había preparado varias frases en inglés para iniciar la conversación pero, tras media hora de espera, se me presentó un chaval más joven que yo con pintas de reguetonero, chándal de Ralf Lauren y zapatillas. 

- Welcome to Spain, I'm Rafael Aibar, I'm your taxi driver, can I help you whit the bag?  - Le solté todo de golpe y le acompañe entre risas al coche. 

Al intentar abrir el maletero no se abría, ... bueno, a veces pasa, por lo que sea, pensé. No sé bien cómo pero se abrió. Las puertas del coche no se abrían, uf...que raro, que mala suerte. Saqué la llave física para abrirlo de forma manual mientras se me empezaban a pasar mil cosas por la cabeza, aunque ninguna era la acertada. 

Al intentar encender el coche, éste no respondía. Ansiedad, angustia, dolor de cabeza, parálisis, incredulidad, sudores fríos...en unos segundos se me había venido todo abajo: tenía al cliente pero no podía encender un coche eléctrico para llevarlo al destino

En esos momentos lo más difícil es mantener la cabeza fría para dar los pasos correctos. Se me pasaba por la cabeza perder el servicio, tener que buscarme la vida por algún taller... conseguir alejar los malos pensamientos es el primer paso para reaccionar. 

El segundo es pedir ayuda. Siempre es bueno tener una opinión externa, alejada del estrés de uno mismo. Contacté por WhatsApp con el grupo e taxistas que tenemos el mismo coche y enseguida me dieron un diagnóstico claro: es la batería pequeña al 100%

Estaba en una especie de apeadero que tienen delante de la parada de taxis y pregunté si tenía pinzas para arrancar al taxista que tenía delante. El compañero se portó de 10 contigo; no tenía pero me iba ofrecido soluciones.  Llamé a su compañía de radiotaxi pero no localizaban a nadie, rechacé otras posibilidades y por fin, localizó en Getafe a un compañero con pinzas. Era un compañero de los "grandes' de los que llevan vehículos de 8 plazas. En 15 minutos,  mientras intentaba calmarme y explicarle al cliente los pasos que daba, se presentó Ángel. ¡Olé por los taxistas buenos de Madrid! Llevaba un arrancador del tamaño de un datáfono con unas pinzas. Las puso y el coche ¡arrancó! 

Respiraba aliviado mientras me quitaba el sudor de la frente. Ángel tuvo el grandísimo gesto de altruismo y de grandeza de no pedirme nada. La verdad que reconforta mucho encontrarte con este tipo de gente cuando estás en apuros. No soy muy explendido en propinas y no sé si sería ajustado lo que le di, desde aquí de nuevo gracias y gracias también al compañero que me acompañó en todo momento. 

Tienen, tenemos una injustificada, y supongo que interesada mala fama, pero mi experiencia con ellos no puede ser mejor. Supongo que, como también pasa aquí, las nuevas generaciones arrastramos antiguas condenas por vicios que solamente nos quitaremos manteniendo siempre esta conducta. Ángel me explicaba que para ellos es lo normal, que siempre se ayudan y que estaban para lo que hiciera falta. Pero eso, por desgracia, no siempre es lo normal, ni entre compañeros. 

De vuelta, una pequeña parada en Calatayud para cargar, un pincho de tortilla y antes de las 4 dejaba al cliente en su destino. Justo el horario que le había dado entre risas camino al coche, gracias, sobretodo, a algunos taxistas buenos.



martes, 6 de enero de 2026

Control de policía

Dicen que días de mucho, vísperas de nada...y los días posteriores tampoco añadiría yo. 

La noche del viernes 3 de enero no se presentaba muy halagüeña en términos de trabajo y doy fe de que así era. 

Me costó mucho coger la primera carrera, una subasta en Las Fuentes. La calle era un tramo en un sentido, y otro en el otro, así que por no tardar más en llegar al servicio, que ya me llegó con retraso, decidí recorrer un tramo marcha atrás. 

En ese momento no lo sabía, pero ese detalle hizo que el cliente empatizara conmigo.

De aspecto rudo, grande, complexión fuerte, calvo con perilla y gabán de borreguillo hasta la rodilla.

Omitiré datos pero iba a un barrio a las afueras. Hasta mitad de camino no abrió la boca, y lo hizo para preguntar si había algún control de alcoholemia. 

- Hace poco me pararon a mí, iba hasta el culo y me fugué - me dijo. 

Antes de entrar en detalles, esto me recordó a lo que le pasó a José Manuel, un compañero con el que desayuno todos fines de semana. 

Un sábado, estando parado dejando a clientes, unos borrachos estamparon el coche contra él. No lo vieron, por suerte no hubo consecuencias personales aunque los daños en el coche fueron importantes. 

Al sábado siguiente, José Manuel, observó a unos borrachos cogiendo el coche y dio aviso a la policía. Enseguida los localizaron y les dieron el alto. 

No sé qué cable se debe pelar en ese momento para decidir emprender una huida. Seguramente uno que está al lado del que se pela cuando decides conducir borracho. Puente de los gitanos, calle Sevilla, paseo Ruiseñores en dirección contraria para acabar, rompiendo la valla, sumergido en el canal.

Al igual que éstos, mi cliente también salió en la prensa, me seguía contando mientras renegaba de la policía. Vio el control pasando el puente de Hierro y decidió echar marcha atrás y huir, hasta arriba de todo. Me acorralaron y me detuvieron a punta de pistola, me hicieron hicieron sentir como un criminal, me explicaba.

Desde aquí agradecer a las fuerzas y cuerpos de seguridad que nos quiten a estos tipejos de la circulación.

Cómo me dijo el cliente, que valga bien.